Hacerse el muerto.

Lo intenté todo,

incluso hacerme el muerto,

a ver si así me mandabas flores.

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Buenrollismo agotador en Disney Store.

Espero en la cola y ya te temo. Veo cómo tratas a la familia que está pagando y te tengo miedo. Examino tus movimientos, valoro mis opciones y confío en que todo pase rápido. Pero no. Como siempre, el tiempo en la caja de la Disney Store va a ser lento, como si cada sucursal de la tienda estuviera al lado de un agujero negro.

Llega mi turno y me pides perdón por la espera. No hace falta, de verdad. He esperado menos de 5 minutos, en la tienda solo hay mirones. Esperar es parte de la liturgia de la compra, un paso necesario en el proceso de adquisición de cualquier producto. No me pidas perdón (leo tu nombre en una chapa con orejas de Mickey), Ana.

Dejo los objetos en el mostrador. Una taza de Darth Vader y una sudadera de R2D2 talla-niño-de-7-años que me salva de quedar como un freak. ¿Que si quiero una bolsa, dices? Sí, una normal. ¿Una reutilizable con asas? No, no. Una normal ya va bien. ¿Soy mala persona por no querer una de las caras? A juzgar por tu sonrisa congelada marca Pixar, lo soy.

¿Que tenéis una oferta? ¿Una bolsa de playa por 9,90? No, tampoco. Solo quiero pagar. Por favor, quiero pagar e irme, encerrarme en mi habitación a 38 grados donde no tengo que tratar con seres humanos simpáticos.

Pasas los artículos por el escáner con la lentitud marca de la casa del Mundo de los Sueños, donde no hay prisa y todo es maravilloso, dices que qué chuli todo lo que llevo y yo digo que sí que muy chuli intentando sonreír y escondiendo mi incomodidad. Se lo enseñas a tu compañera, una segunda opinión que lo corrobora: es todo muy chuli. Quiero irme ya.

No lo quiero envuelto para regalo. Por favor, basta.

Para terminar, me llamas de usted, Ana, y me hundes la puta vida.

Mientras te doy los billetes como si estuviera pagando mi libertad, tu compañero asalta con todas sus armas a una pobre criatura que acaba de experimentar por primera vez lo que es la incomodidad social y la vergüenza ajena. Tu compañero le dice no se qué de que ese muñeco que se lleva es el más chuli (chuli, otra vez) de Frozen. Y ahora la niña también quiere irse.

Déjame marchar, Ana. Es lo mejor para los dos. Quédate el cambio, tengo que irme. Encaro la puerta como un galgo en una carrera a punto de atrapar al conejo de plástico.

“Que la Fuerza te acompañe”, gritas desde la caja, mientras intento memorizar todo esto, exhausto, y apunto cinco palabras en la aplicación de Notas de mi móvil: Buenrollismo agotador en Disney Store.

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Gatos.

Por cada gato negro hay un gato blanco. Es el orden inmutable del cosmos, el frágil equilibrio de las cosas. Eso significa que por cada gato negro que se cruza en tu camino, un gato blanco, en algún lugar del mundo, se cruza en el camino de alguien o le lame la mano o se le acerca con cautela, las orejas de punta hacia el cielo.

Que por cada gato negro que veas, tarde o temprano acabarás dando con uno blanco con el mismo número de patas, o similar.

También significa que por cada gato negro que muere en el mundo, le sigue un gato blanco, así como por cada gato negro que nace, llega a este mundo otro del color contrario. Es como una lucha silenciosa, como si alguien quisiera mantener un orden invisible.

Piensa en ello cuando se te cruce un gato negro. Pero no le des mucha importancia cuando sea blanco.

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¿Qué haces, Batman?

En lo alto de un rascacielos de Gotham estás tú, Batman.
A tu lado, al filo de una cornisa, hay un rehén retenido contra su voluntad. No sé, un oficinista. Un nadie con gafas.
Delante de ambos, un villano cualquiera. Puede ser el Joker si lo quieres convertir en un clásico. ¿Sí? ¿Nos vale el Joker? El Joker, pues.
Vale, piensa en la imagen. El Joker corre hacia ti. Te dispara algo, no sé, un gas de la risa, ácido en los ojos. Sí, ácido está bien. El suficiente para distraerte, pero no te quedarás ciego ni nada.
Eres Batman, caray.
El Joker coge al rehén y se lanzan ambos hacia la calle. 15 o 20 pisos. La caída los matará.

Tú saltas tras ellos, Batman.

Pero solo puedes salvar a uno.

El Joker es culpable, pero tal vez, quién sabe, en algún momento pueda llegar a rehabilitarse.

El rehén es inocente, pero tiene una enfermedad terminal. No vivirá más de 30 días.

¿Qué haces, Batman? ¿Qué haces?

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Y robar posavasos de Jäggermeister.

Un año después, mira a su alrededor y se ve en un bar musical decrépito con fotos de películas de terror añejas y de gente con tupé, se ve envuelta de gente mayor, cuarentones de patillas blancas con camisetas de grupos viejos, no antiguos ni vintage, grupos viejos, y camisas hawaiianas color pastel de esas que la manga corta les llega al codo y que quedan mal pero nadie se lo dice. Gente que le saca quince años, que bebía Larios Cola cuando ella jugaba al Diseña tu moda. Y la camarera amiga de su novio cuarentón, el tabique nasal raído por la juerga, le falsea una sonrisa de piedad mientras sus ojos con ojeras que parecen los siete anillos del infierno de Dante le dicen huye. Huye que tú no tienes por qué estar aquí.

Y se siente como la pieza azul cielo del puzzle que te empeñas en hacer encajar y al final encaja por tus cojones, pero en el fondo, en el fondo sabes que no.

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Pedí un deseo.

Vi una estrella fugaz. Pedí un deseo.

Pedí vivir contigo en un piso viejo, donde las puertas no cerrasen bien, para poder vivir con la idea de que algún día tendríamos uno mejor. Pedí un mal trabajo, para llegar a casa y que tú me abrazaras diciéndome “no está tan mal, se te da bien, todo mejorará”.

Pedí un coche de segunda mano para que nos dejase tirados en cualquier carretera y tener una aventura que explicar a nuestros hijos. Pedí niños perezosos para poder vestirlos de lunes a viernes y dormir los sábados hasta las 10.

Pedí una nevera pequeña para quedarnos sin comida los sábados por la noche y tener que salir a cenar fuera. Pedí armarios pequeños para almacenar pocas cosas y poder irme contigo donde tú me pidieras.

Pero cuando cuentas un deseo, no se cumple.

Y yo te lo acab0 de contar.

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