¿Qué haces, Batman?

En lo alto de un rascacielos de Gotham estás tú, Batman.
A tu lado, al filo de una cornisa, hay un rehén retenido contra su voluntad. No sé, un oficinista. Un nadie con gafas.
Delante de ambos, un villano cualquiera. Puede ser el Joker si lo quieres convertir en un clásico. ¿Sí? ¿Nos vale el Joker? El Joker, pues.
Vale, piensa en la imagen. El Joker corre hacia ti. Te dispara algo, no sé, un gas de la risa, ácido en los ojos. Sí, ácido está bien. El suficiente para distraerte, pero no te quedarás ciego ni nada.
Eres Batman, caray.
El Joker coge al rehén y se lanzan ambos hacia la calle. 15 o 20 pisos. La caída los matará.

Tú saltas tras ellos, Batman.

Pero solo puedes salvar a uno.

El Joker es culpable, pero tal vez, quién sabe, en algún momento pueda llegar a rehabilitarse.

El rehén es inocente, pero tiene una enfermedad terminal. No vivirá más de 30 días.

¿Qué haces, Batman? ¿Qué haces?

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Y robar posavasos de Jäggermeister.

Un año después, mira a su alrededor y se ve en un bar musical decrépito con fotos de películas de terror añejas y de gente con tupé, se ve envuelta de gente mayor, cuarentones de patillas blancas con camisetas de grupos viejos, no antiguos ni vintage, grupos viejos, y camisas hawaiianas color pastel de esas que la manga corta les llega al codo y que quedan mal pero nadie se lo dice. Gente que le saca quince años, que bebía Larios Cola cuando ella jugaba al Diseña tu moda. Y la camarera amiga de su novio cuarentón, el tabique nasal raído por la juerga, le falsea una sonrisa de piedad mientras sus ojos con ojeras que parecen los siete anillos del infierno de Dante le dicen huye. Huye que tú no tienes por qué estar aquí.

Y se siente como la pieza azul cielo del puzzle que te empeñas en hacer encajar y al final encaja por tus cojones, pero en el fondo, en el fondo sabes que no.

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Pedí un deseo.

Vi una estrella fugaz. Pedí un deseo.

Pedí vivir contigo en un piso viejo, donde las puertas no cerrasen bien, para poder vivir con la idea de que algún día tendríamos uno mejor. Pedí un mal trabajo, para llegar a casa y que tú me abrazaras diciéndome “no está tan mal, se te da bien, todo mejorará”.

Pedí un coche de segunda mano para que nos dejase tirados en cualquier carretera y tener una aventura que explicar a nuestros hijos. Pedí niños perezosos para poder vestirlos de lunes a viernes y dormir los sábados hasta las 10.

Pedí una nevera pequeña para quedarnos sin comida los sábados por la noche y tener que salir a cenar fuera. Pedí armarios pequeños para almacenar pocas cosas y poder irme contigo donde tú me pidieras.

Pero cuando cuentas un deseo, no se cumple.

Y yo te lo acab0 de contar.

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Repeat.

Te pediré bailar una última canción.

Esa que tanto te gustaba, para que no puedas decir que no.

Y cuando acabe esa canción te podrás marchar, y no mirar atrás.

Así que pondré el disco, y bailaremos los dos.

Pero haré trampa, y le daré al Repeat.

Para que no dejemos de bailar.

Para que no te marches nunca.

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Guau, el espacio.

Todo el mundo se muere por ir al espacio. Por navegar entre galaxias, flotar entre estrellas y ver con sus propios ojos todo aquello que nadie más verá. Por sentir la ingravidez y llegar a la última frontera y ver a la vez desiertos y glaciares. Por estar allí donde muchos hombres han soñado y pocos han podido llegar.

Pero él era solo un perro, y se removía en su asiento pensando qué coño hacía allí.

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Tengo las manos demasiado grandes.

Tengo las manos demasiado grandes. Se me resbalan las latas de aceitunas y no puedo abrir los tapones de rosca. Mi nariz es enorme, y ya empieza a haber más pelos en mi almohada que en mi cabeza. Ceceo cuando hablo y tengo un pie más grande que otro.

Ando encorvado, tengo las piernas feas, mis dedos son horribles, no veo de un ojo. 

Y sin embargo era perfecto para ti.

 

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Invierno.

“Parece que cada vez el invierno empieza más tarde”. Era principios de enero. Sacó el abrigo del armario y se lo probó. Tenía los codos desgastados, así que pensó en coserlos un poco.

Metió las manos en los bolsillos.

En el derecho encontró un billete de cinco euros.

En el izquierdo, el recordatorio del funeral de su tío.

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Todo.

Un billete de tren, un marco de fotos, unas zapatillas, una botella de vino, una pistola de agua, un sobre lleno de fotos, dos entradas para un festival de música, un perro de peluche, un póster, un coche seminuevo, una autocaravana, una nariz de payaso, seis botellas de cerveza, la nevera donde encontré esas seis botellas de cerveza, Julián (el perro), seis cajas de chinchetas de colores, diez mil euros, gomas de borrar con forma de helado, un apartamento en la playa. Y una carta.

Te fuiste, y eso fue lo único que me dejaste.

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