El censor.

El censor cierra la puerta tras él, deja el maletín y se acerca al tocadiscos. Pone a Bach y se sienta ante la mesa de montaje. Enciende la luz, despliega las patillas, descansa las gafas sobre la punta de su nariz, se pone los guantes. Coge las tijeras.  Abre una caja y extrae un rollo de película.

El censor ve un beso. Y lo corta. El censor ve un escote. Y lo corta. El censor ve un abrazo demasiado largo. Y lo acorta.

El censor se deshace de miradas incendiarias, de dobles sentidos, de piernas jóvenes que enseñan demasiado. Corta y confecciona un nuevo mundo más casto, un mundo gris para todos los públicos.

Al final de la jornada, el censor se levanta. Deja las tijeras, pliega las gafas. Coge una caja, guarda los pedazos del día y contempla los trozos de película acumulados. Trozos de besos y caricias y escotes y desnudos y gritos y manos entrelazadas y brazos que rodean cinturas.

Ante esa visión, el censor derriba el muro, se deja ganar por la belleza… y llora.

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