Guatsyorneim.

Estar en Nueva York y llamarse, pongamos por ejemplo, Ferran, es como estar en Nueva York y llamarse John, Samantha o Mustafah. En Nueva York a nadie le importa cómo te llames.

Hasta que entras en un Starbucks. Cuando entras en un Starbucks, llamarse Ferran es como tener cinco años y llevar gafas: las vas a pasar putas.

Porque cuando entras en un Starbucks te preguntan tu nombre, Ferran. Y el primer día, recién llegado con tu mochila y tu pantalón corto y tu mapa Lonely Planet escondido en el bolsillo de atrás, te preguntan guatsyorneim y tú respondes Ferran. Con la e bien cerrada y las erres vibrando en tu paladar como el motor de una Harley. RRR! RRR!

What?! La cara de buen rollo del chicarrón con gorra detrás del mostrador se congela en una mueca entre el asco y la incomprensión.

Ferran, repito, intentando pronunciar en un correcto inglés. O sea, como si estuviera borracho. Fuwan. El tipo apunta el nombre con resignación y pago mi café con un fajo de billetes atados con una goma, un cheque al portador, una bolsa de monedas de oro rescatadas de un barco medieval portugués y dos hipotecas. También firmo un papel que estipula que Starbucks puede disponer de mi primogénito nonato cuando lo crea conveniente.

Minutos después, llaman a alguien. Un tal Frank. En la cola estamos dos chicas y yo. Una de ellas es una rubia espectacular y la otra es menos espectacular. De hecho, podría llamarse Frank. Pero no es el caso, por lo que deduzco que Frank es mi nuevo nombre americano.

FRANK.

Cuando mi café se dirige a mí, no me reconozco. Mi café me llama Frank. ¿Quién coño es Frank? ¿Es esta la relación que vamos a tener tú y yo, Double Caramel Machiatto? ¿Vamos a ir de la mano por la ciudad que nunca duerme y ni siquiera te sabes mi nombre?

Al día siguiente descubro que this is America and this is the American way. Aquí hay que pasar por el aro chaval, si quieres alimentarte vas a tener que decirnos tu nombre. Es la hora de la hamburguesa y llevo todo el día a base de patatitas de supermercado porque el súper es el único sitio en el que no les importa cómo me llamo ni cuántas horas me quedan de vida.

Así que, cuando viene el momento de pagar mi menú, pruebo con el nombre que viene en mi DNI, ese por el que solo me llaman en el pueblo pero que tanto me gusta: Fernando. Con una población latinoamericana estimada en el año 2013 de unos 35 millones de personas, es de suponer que haya muchos Fernandos barriendo las calles  y limpiando los platos sucios de América. Fernando servirá, Fernando es la puerta de entrada a los Estados Unidos, mi salvoconducto a la libertad. My name is Fernando, I want my burger and I want it now. Because this is a free country and shit like that.

Pido una hamburguesa with “root beer”, que a pesar de su nombre no tiene nada de cerveza. Más bien es una especie de jarabe dulce concentrado hecho con nieve sucia. Decepción número uno. Decepción número dos: en el ticket pone Fern. Fern. Fern en inglés significa helecho. “¿Qué tal el día hoy en la hamburguesería, Mary Kate?” “Genial, Scott, hemos quedado segundos en la feria del condado y le he servido un menú completo a un helecho”.

Tengo nombre de helecho. Una planta. Una puta planta, me cago en Dios.

Los días sucesivos son una constante de sudores fríos y tensiones lingüísticas. Un Fran, más Franks, un garagato incomprensible e incluso hay una mujer que después de preguntarme pasa de mi cara (y de mi nombre) y solo pone: Latte Macchiatto. Como un actor con conexiones con la mafia. Dicaprio, De Niro, Macchiatto.

A partir del quinto día en Nueva York empiezo a dudar de mi propia identidad. Solo en la capital del mundo, tengo que repetirme el nombre a mí mismo en voz baja como un chalado de Times Square para no perder la cordura. No sé cómo me llamo porque mis cafés tampoco lo tienen muy claro.

La decisión está tomada. En lo que resta de viaje, mis amigos de Nueva York me llamarán Ferran. Seré Fernando al pagar con tarjeta.

Simpáticos bartenders de Starbucks, vosotros podéis llamarme Mike.

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