Y robar posavasos de Jäggermeister.

Un año después, mira a su alrededor y se ve en un bar musical decrépito con fotos de películas de terror añejas y de gente con tupé, se ve envuelta de gente mayor, cuarentones de patillas blancas con camisetas de grupos viejos, no antiguos ni vintage, grupos viejos, y camisas hawaiianas color pastel de esas que la manga corta les llega al codo y que quedan mal pero nadie se lo dice. Gente que le saca quince años, que bebía Larios Cola cuando ella jugaba al Diseña tu moda. Y la camarera amiga de su novio cuarentón, el tabique nasal raído por la juerga, le falsea una sonrisa de piedad mientras sus ojos con ojeras que parecen los siete anillos del infierno de Dante le dicen huye. Huye que tú no tienes por qué estar aquí.

Y se siente como la pieza azul cielo del puzzle que te empeñas en hacer encajar y al final encaja por tus cojones, pero en el fondo, en el fondo sabes que no.

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